“Por aquel tiempo pasaba Jesús por los sembrados un día sábado. Sus discípulos tenían hambre, así que comenzaron a arrancar algunas espigas de trigo y a comérselas. Al ver esto, los fariseos le dijeron: ¡Mira! Tus discípulos están haciendo lo que está prohibido en día sábado. Él contestó: ¿No han leído lo que hizo David en aquella ocasión en que él y sus compañeros tuvieron hambre? Entró en la casa de Dios; él y sus compañeros comieron los panes consagrados a Dios, lo que no se les permitía a ellos, sino solo a los sacerdotes. ¿O no han leído en la Ley que los sacerdotes en el Templo profanan el sábado sin incurrir en culpa? Pues yo les digo que aquí está alguien más grande que el Templo. Si ustedes supieran qué significa esto: ‘Lo que pido de ustedes es misericordia y no sacrificios’, no condenarían a los que no son culpables. Sepan que el Hijo del hombre es Señor del sábado.” Mateo 12: 1-8 NVI

Quisiera utilizar uno de los episodios de mi niñez para ejemplificar lo que pretendo compartir aquí. Quienes me conocen, están al tanto de que soy cristiano y que lo soy ya de cuarta generación. En otras palabras, he sido parte de mi congregación religiosa desde la misma cuna. De hecho, desde que tengo memoria, recuerdo haber asistido a los cultos cada fin de semana. Por supuesto fueron mis padres quienes me llevaban al lugar de reunión en aquella pequeña loacalidad ubicada en la Patagonia chilena. Dicho esto, voy a declarar, algo abruptamente, una sentencia que muy probablemente sonará chocante para algunos de quienes lean este artículo y es la siguiente. Uno de los eventos de los que particularmente NO tengo buenos recuerdos en mi niñez tiene que ver con lo que llamamos comúnmente el culto familiar. Para decirlo directamente, lo relacionado a ese evento es algo que llegué prácticamente a detestar y que, de paso, nunca pude asimilar completamente aún después de formar mi propia familia. Hasta el día de hoy, invitar a un grupo de personas a un culto en casa es un asunto que me cuesta y complica (obviamente, cuando alguien más lo hace en la actualidad, yo por supuesto acepto gustosamente).
Naturalmente esto merece algo de información adicional. Partiré diciendo que, en casa, mi padre era sinónimo de orden y autoridad. Mi mamá ejemplificaba un poco más lo que sería la gracia, pero siempre actuó completamente subordinada a la potestad de mi padre. En general, todo lo que sucedía en casa era cuidadosamente controlado por el estricto rigor de las normas impuestas por él. En lo personal, creo decir que hubo poca necesidad del uso del cinto, o algún otro castigo, porque desde muy pequeño aprendí a obedecer a mi papá solo con una palabra o aún solo una mirada. No obstante, no quiero que se malentienda aquella vislumbre de carácter. Mi padre era un hombre con valiosas cualidades y hay virtudes muy positivas que se pueden destacar de él. Creo también que, en el fondo, él hizo un esfuerzo constante por ser un buen padre. Sin embargo, su estilo autoritario es algo que recuerdo con facilidad y que marcó mi infancia y, por ende, mi futuro. Es más, en otro artículo abordo el cómo yo traté inconscientemente de aplicar el mismo modus operandis de autoritarismo con mis hijos de pequeños, pensando que era la forma correcta de educar.
Volvamos al punto anterior. Siendo que mi padre fue un hombre muy enfocado y perseverante y, a la vez, diríamos un “devoto” cristiano, puedo decir con bastante certeza que no hubo probablemente un solo día en que él no llamara a nuestra pequeña familia de 4 a hacer el culto en algún momento de cada atardecer. Quizá a este punto alguien podría estar pensando que esto era algo hermoso, una bonita experiencia y que quizá debe haber sido genial el tener un padre así, además de lo lindo que debe haber sido participar de esos eventos familiares. Lamento entonces disentir y agregar que la historia está incompleta. El cuadro concluía con un papá generalmente serio, algo huraño, que interrumpía lo que sea que hayamos estado haciendo, llámese algún juego de niños, programa de dibujos animados en la televisión, etc., para indicarnos, con solo con una palabra, que era hora del culto y que había que sentarse en los lugares correspondientes. Seguidamente, nos repartía himnarios y elegía un par de ellos para cantar. Luego hacía una oración para después pasar a leer (o nos hacía leer a nosotros) el folleto de estudio de la Biblia correspondiente a ese día. A veces se alternaba con el libro de Meditaciones Matinales, que algunos de ustedes deben recordad. Finalmente seguía un himno más, y se daba por terminado el culto. Casi nunca hubo interacción, participación, o reflexiones interesantes sobre el tema. No recuerdo sonrisas, espiritualidad o sesgos de algún tipo de atractivo en lo que hacíamos. Y esto sucedió día tras día, año tras año, al menos hasta que me trasladé a otra ciudad donde mis padres me enviaron a estudiar la enseñanza secundaria. Suena extraño decirlo, pero realmente fue un gran alivio el poder alejarme de aquella rutina. Todavía debí “soportar” esa costumbre pues aún al volver a casa en la época de vacaciones de verano, durante mi adolescencia, se repetía de alguna manera el mismo patrón. Aunque, al ser un poco mayor, yo ya tenía algo de personalidad como para rechazarla.
Es de alguna manera triste, y podríamos decir también injusto, tener que hablar así de mi padre, especialmente cuando él ya no está con nosotros para decir algo en su defensa. Sin embargo, yo no lo estoy juzgando de ninguna manera. Es más, creo que él probablemente estaba haciendo lo que imaginaba que era correcto, y en su modo de ver las cosas, tenía buenas expectativas y deseos de un mejor futuro para sus dos hijos. Tristemente, él no sabía que causó mucho más daño de lo que benefició. Entonces, aunque voy a desarrollar esto más adelante, quiero decir en forma concisa pero categórica que yo jamás pude ver a Cristo Jesús (a quién vine a conocer recién a mis 23 años) en aquellos cultos de mi familia natal. Diciéndolo de otra manera, sabía mucho sobre Jesús, pero no lo conocía en absoluto.
Volvamos entonces al texto inicial. Puedo imaginarme, probablemente como ustedes, que con este incidente simplemente rememoramos lo odiosos, molestos o injustos que eran los fariseos en el tiempo de los evangelios. Y, de hecho, lo eran especialmente cuando Jesús hacía algo “inadecuado” durante el Día de Reposo. Esta no fue la excepción y los fariseos increparon a Jesús porque sus discípulos estaban haciendo algo que estaba prohibido durante el sábado al estar “trabajando” para sacar espigas y comer el trigo. Recordemos que los fariseos eran sumamente estrictos en todo lo respecta a la ley de Moisés, con todas las implicancias que eso ameritaba. Sin embargo, ¿cómo nos sentiríamos si escucháramos, como cuando el profeta vino a David con la historia de un hombre malvado y aprovechador y Natán le sentenció, ¡tú eres ese hombre!? O sea, ¿qué pensarías si alguien te dice que tú no eres diferente de aquellos fariseos?
En este incidente, si bien el Señor Jesús presenta un escrito está, como lo hacía generalmente, hay también aquí una tremenda «guinda en el pastel» y que estremece cuando el Señor dice: “Pues yo les digo que uno mayor que el Templo está aquí”. Un momento, esto es como si les estuviera planteando, ¿qué es más importante, una lista de compras o la comida? O ¿es importante recordar todo el conjunto de las leyes del tránsito cuando estás a décimas de chocar un gran camión y sólo puedes cerrar los ojos y hacer un giro violento? En otras palabras, Cristo Jesús les estaba preguntando si lograban comprender que su Dios, a quién adoraban con una enorme cantidad de normas y decretos, estaba ahora allí! frente a sus propias narices!! ¿Qué necesidad tenían de hacer o no hacer si delante de ellos estaba el objeto de todo aquello? ¿No era todo lo que necesitaban hacer retenerlo y abrazarlo con todas sus fuerzas? Tristemente, aquellos fariseos no quisieron entender. Es sorprendente, por decir lo menos, pensar que el Dios Eterno y Todopoderoso estaba allí y los fariseos no lo quisieron ver. El Creador del universo hecho hombre estaba presente y era el momento perfecto para dejar todo de lado, para escucharlo, para adorarlo, para seguirlo. Los fariseos prefirieron evitarlo y continuar con su lista de deberes religiosos poniendo la ley de Moisés por encima del gran YO SOY, es decir, quien originalmente entregó esos estatutos al profeta.
De vuelta a nuestro culto de familia, pienso que la finalidad que mi padre perseguía era la deseada, los elementos eran correctos, las actividades eran probablemente las sugeridas. Sin embargo, el Dios al que supuestamente estábamos adorando, no estaba presente. Y no estaba allí porque no lo invitábamos, ni siquiera lo conocíamos, no existía un atisbo de interacción con El, y por ende lo que hacíamos no tenía sentido alguno. En lo que a mi concernía, era simplemente un odioso momento que interrumpía nuestro juego, y no pasaba de ser una hipócrita rutina diaria, una actividad que nunca quise recordar, ni menos replicar. Dicho de otra manera, éramos sin pensarlo unos perfectos fariseos. Cuán diferente hubiera sido todo, con algo que se prolongó por años, si nos hubiéramos concentrado primordialmente en buscar la presencia de Cristo a quién supuestamente adorábamos. Hay un dicho jocoso que dice que “un tonto campesino vendió su caballo para comprarle pasto”. ¿Cuántos de nosotros no seguimos paradójicamente ese mismo patrón? ¿Cuántos de nosotros, que nos decimos seguidores de Cristo, elegimos la facilidad de seguir las corriente sin siquiera razonar en el porpósito? ¿Cuántos observamos y tal vez endiosamos una cantidad de deberes tal vez pensando que estamos de alguna manera siguiendo las “sendas antiguas”? ¿Cuántas veces estaremos fomentando probablemente buenas conductas con la intención de “honrar” al Señor cuando en realidad el destinatario de ese culto no es parte de la película? Es muy probable que mi padre nunca se hiciera estas preguntas, y en consecuencia nosotros. Tristemente testifico que tanto a mi familia como a mi nos costó tiempo y angustia entenderlo y asimilarlo. En conclusión, recordemos que la primera pregunta de Saulo a Cristo no fue: “¿Qué debo hacer, Señor?”, sino, “¿quién eres, Señor?” Todo lo que hagamos no sirve absolutamente de nada si no ponemos como primera prioridad, y cada vez, el conocer e invitar personalmente al Dios a quién adoramos.