Sucedió en la segunda mitad de la década de los 90. Mi hija mayor estaba entrando en su pre-adolescencia. Hasta ese momento yo sentía un aparentemente sano orgullo de ser un padre que tenía un buen «control» sobre mis hijos. Es más, sentía tristeza por aquellos padres que decían tener problemas con ellos, especialmente en su adolescencia. Decía para mí mismo ¿por qué les es tan complicado poner un poco de orden en su hogar? ¿cómo es que no pueden poner en práctica algo tan «simple» como hacerse respetar como padres? Lo que no sabía es que, hasta ese momento yo había muy probablemente abusado del autoritarismo. Solía y me gustaba tener la última palabra en todo. Solo alzaba la voz y sabía que mis hijos tenían que obedecer y callar. Cuánto lamento no haber tenido la oportunidad de conversar con otros padres, algún orientador o, aún más importante, no haber orado por sabiduría para ser el amigo que mis hijos necesitaban. Siento haber tenido solo mi opinión como la brújula a seguir. Me entristece recordar ese tiempo perdido.
Pues bien, mi hija ya estaba creciendo y, con la edad, aparecieron sus opiniones, sus gustos y deseos. Hasta ese momento recuerdo no haberme preocupado lo suficiente de los suyos. Quizá, aunque escuchándola, solo aceptaba sus argumentos mientras no estén en conflicto con los míos. ¿Qué hacer entonces cuando ella comenzó a preguntar aquellos «por qué tiene que ser así»? Y si mi respuesta era «pues, porque yo lo digo», ¿qué hacer cuando ella inquiría «por qué crees que tú opinión es la correcta?». Por supuesto eso no cayó nada de bien. De hecho, trajo conflictos… discusiones por decir lo menos. Por supuesto ella ya no estaba en edad para yo recurrir a algún tipo de castigo o medida usada —o mal usada— en su niñez cuando ella me faltara el respeto. Entonces las reacciones llegaron a ser desde confrontaciones verbales fuertes hasta los encierros en su cuarto con el correspondiente «no quiero hablar más contigo». Recuerdo que ese fue un año difícil y sin duda comencé de alguna manera a comprender a otros padres como no lo había hecho antes. Con seguridad esto fue lo que me motivó a compartir con un hermano y amigo de mi iglesia, en el centro de California, lo que yo estaba experimentando. No sabía que a raíz de eso iba a comenzar un cambio trascendental en nuestras familias.
Un fin de semana busqué a Javier y conversamos por un buen par de horas. Le conté el problema que estaba teniendo y cómo, pensaba yo, mi hija estaba perdiendo el rumbo quizá influenciada por otros muchachos. Le hablé de una lista de razones por las que veía que ella ya no me estaba respetando ni estaba siendo lo que yo pensaba que debería ser una «buena hija». Más tarde entendí que no solo ya lo era sino que, además del amor que siento por ella, llegó a ser una de las personas que más respeto en el mundo. Paralelamente, después de escucharme, mi amigo me compartió que estaba teniendo problemas similares con sus hijas y que estaba también preocupado por ello. Decidimos entonces orar en ese momento y sinceramente creo que Dios no solo nos escuchó en ese lugar, sino que nos impresionó para tomar una de las iniciativas más importantes que, al menos yo, he tomado en mi vida. Se nos vino entonces a la mente que debíamos orar cada mañana por nuestros hijos y especialmente por los problemas que necesitaban solucionar, y por quienes tenían caracteres que moldear. Sin embargo, pensamos a la vez que muchas veces nos proponemos hacerlo pero, con el paso del tiempo, ese deseo se va diluyendo hasta que finalmente los propósitos van quedando por el camino, o sencillamente se olvidan. Entonces nos propusimos agregar detalles a nuestro plan. Decidimos fijar las 6 de la mañana como el tiempo de oración. Luego decidimos que uno de los dos daría una llamada telefónica al otro para despertarnos. Optamos además por no orar a través del teléfono, sino que la llamada sería solo para escuchar algo como un «¡buenos días, estoy listo! Es lindo recordar que perseveramos en ese plan no solo por unos días o semanas, sino hasta un par de años, tiempo en que Dios nos condujo por distintos rumbos.
Recuerdo que mis primeras oraciones eran algo así como: «Señor, por favor te ruego por mi hija. Te pido que ella sea una buena niña. Te suplico que moldees su carácter y la hagas responsable, respetuosa, cariñosa y obediente. La dejo en tus manos de amor, sabiendo que quieres lo mejor para ella.» Probablemente por aquel tiempo quizá yo debería haber recordado cuando mi esposa estaba embarazada de ella. Con la preocupación de que era nuestro primer bebé, le rogué a Dios durante el último mes: «Señor, no me importa si el bebé que nos regales es un hombrecito o niñita —no lo supimos hasta su nacimiento—. No te pido que sea lindo, alto, saludable, o inteligente. Solo te pido que tenga un corazón compasivo y sea sensible ante las necesidades de los demás». No recuerdo específicamente por qué le dije eso al Señor. Sin duda en ese tiempo no tuve el cuadro total, pero ahora tengo la completa seguridad de que Dios contestó esa petición pre-natal, y con lujo de detalles.
Volviendo entonces a la historia, creo que comenzamos a orar alrededor del mes de Marzo. Mi amigo y yo fuimos constantes, aunque al comienzo no notamos cambios sustanciales. Al menos yo sí notaba que mis hijos estaban contentos de que estuviera orando todas las mañanas. Quiero destacar, sin embargo, algo que sucedió un par de meses más adelante. Más específicamente ocurrió el tercer domingo de Junio, fecha en que se celebra el Día del Padre, al menos en USA. Mi hija, por quién estaba especialmente orando, y que hasta esa fecha había estaba algo distante, quizá herida de alguna manera, se me acercó para darme un abrazo y entregarme una linda tarjeta hecha a mano. Recuerdo claramente que esa tarjeta tenía un mensaje, el cual no contenía precisamente lo que yo esperaba. Incluía de hecho algo aún mayor. La nota decía: «Papito, quiero aprovechar de agradecerte. No sé exactamente qué ha pasado durante este último tiempo, pero te noto distinto. Veo que estás más abierto con nosotros. Veo que te interesas más en nuestras inquietudes y quieres ser más amigo de nosotros. Muchas gracias por eso y te deseo un Feliz Día.» De más está decir que mis ojos rápidamente se humedecieron. Pero lo que quiero destacar es que esa tarjeta me enseñó una de las cosas más importantes que he aprendido en mi vida. Yo pensaba que oraba por un cambio en mi hija. Y, por cierto, Dios también lo hizo. No obstante, yo no sabía que la oración me estaba cambiando a mí mismo. De alguna manera, sin notarlo, Dios estuvo trabajando en mi corazón y me hizo comprender un universo que no conocía. Hizo que me involucre un poco más en el mundo y pensamientos de mis hijos que en los míos. Me hizo comprender que mis hijos necesitaban más un amigo que un sargento. Me hizo ver que la autoridad no se hereda, sino que se gana. Que los lazos de amor de los hijos a sus padres se crean, no llegan por sentado. Lamentablemente tardé mucho en entenderlo.
No quiero decir que esta experiencia me transformó en un padre inmaculado. La verdad somos tan torpes que necesitamos depender cada momento de Dios, quién pacientemente va día a día limando nuestras asperezas y abriendo nuevas conexiones. Quiero expresar entonces en este pensamiento que la comunicación con Dios a través de la oración no solo es efectiva, sino que es una herramienta que gatilla una serie de factores impensados. No solo retorna las respuestas que solicitamos, sino aquellas que realmente necesitamos. No baja a Dios a tu nivel, sino que eleva al ser humano a Su nivel. Amigo(a), no pienses que tus hijos ya dejaron de ser niños, o definitivamente ya son totalmente adultos, o simplemente ya llegaron a ser lo que son y no necesitan de tu apoyo, tu amistad o tu experiencia. No pienses que ya no tienes nada que compartir con ellos. Es más te diré que, aunque no te lo expresen, ellos aún te necesitan. Aún sigues siendo un ejemplo para ellos. Aún hay bendiciones que Dios quiere entregarles a través de tu propia vida. Concluyo esta reflexión compartiendo la afirmación que aparece en Isaías 49:25 – NVI: «Pero así dice el Señor: «Sí, al guerrero se le arrebatará el cautivo, y del tirano se rescatará el botín; contenderé con los que contiendan contigo, y yo mismo salvaré a tus hijos.» -Raúl H Rivas
Este es un test… please disregard